No es usual conocer la parte de la historia uruguaya que se refiere a la derecha política. Y menos saber de su trama violenta, ubicada en el entorno del régimen colegiado, prolegómeno de la espiral de violencia que desembocara en el golpe de Estado de 1973. Este período ha tenido una escasa investigación histórica, y la autora hace un gran aporte a su estudio debido a la seriedad, e incluso novedad, de las fuentes consultadas.

La tesis a que se alude, que es leit motiv de esta obra de la Doctora en Historia y Licenciada en Ciencias Históricas, Magdalena Broquetas, es el de comprobar esto: “¿las acciones violentas de sectores de izquierda fueron anteriores a la aparición de la represión o una respuesta a esta?

magdalena broquetas
Magdalena Broquetas

En realidad la historia de la derecha empieza con la escisión de la formación General Fructuoso Rivera dentro del Partido Colorado, acaudillado por Pedro Manini Ríos en 1913, que se oponía al reformismo batllista. En 1915 se creará la Federación Rural con el mismo objetivo de frenar al reformismo. Esa es una de las dos vertientes de la derecha: liberal, conservadora, demócrata. Dentro del Partido Nacional, en lo que sería su segunda vertiente, está el herrerismo, que son (ultra) nacionalistas, antiliberales y anticomunistas.

Por lo tanto al antibatllismo de esa primera época se le sumará el anticomunismo, xenófobo y antisemita de la última ola migratoria de Europa del Este y los nacientes fascismos (el falangismo entre los inmigrantes gallegos, franquistas). Hasta que todo eso desemboca en el golpe de Terra, y el liberalismo económico.

Una segunda etapa es el acercamiento a las posiciones de Estados Unidos y la predominancia de éste en el panorama internacional tras la segunda guerra, y luego la lógica de la Guerra Fría hace surgir varios grupos de tinte conservador y con un férreo discurso anticomunista.

A partir de la mitad de los años cincuenta, que ya no eran tan brillantes para nuestro país, negando toda referencia como “los años dorados”, las diversas agrupaciones y coaliciones de la izquierda y la movilización sindical terminan desbordando “los límites de las reivindicaciones laborales para adoptar posiciones sobre los problemas generales del país” (FEUU en 1958, CNT en 1964), bajo la influencia de la Revolución cubana. El tercerismo cede el lugar ante las tendencias comunistas y de la nueva izquierda (guerrilla, foquismo). Recién en 1963 se conforma la primera organización de tipo armado dentro de la izquierda, el Coordinador, como autodefensa, y para 1965 nacerán como Tupamaros, por lo que claramente este grupo es una respuesta, a tono con el momento histórico en América Latina, a la represión y al terrorismo de Estado que se da desde —por lo menos— desde 1952 en una espiral ascendente, según  muestra y demuestra este libro.

La CIA —desde 1947— realiza acciones de vigilancia y campañas propagandísticas, mediante organizaciones de fachada, como la Liga Oriental Anticomunista (LOA), y vínculos con los servicios de inteligencia policial y militar. Benito Nardone (“Chicotazo”), por ejemplo, “reclutado en 1958 por Howard Hunt”, desarrolló “una agresiva prédica anticomunista… contra el cuerpo docente de la educación pública y los movimientos sindical y estudiantil” (pág. 66). Según un documento de analistas de la embajada de Estados Unidos (en 1963), la línea de acción es: “identificar y apoyar fuerzas democráticas bien conocidas en organizaciones privadas, en especial sindicatos y estudiantes”; fomentar especialmente la influencia del “sindicalismo democrático” a través del establecimiento de centros de formación; mantener las becas para visitar Estados Unidos; enfatizar en conversaciones privadas el hecho de que la penetración comunista en los sindicatos y en el campo de la educación era la única amenaza real a la independencia uruguaya; lograr una disminución de la tolerancia en relación a las actividades del bloque soviético…” (pág. 67), lo que incluyó, como es sabido, programas de entrenamiento militar y policía en la zona del canal de Panamá y en Estados Unidos.

Todo el conjunto de datos que forman esta historia de la doctora y licenciada Magdalena Broquetas, nos dan la pauta que el golpe de Estado en que desembocaría la espiral de violencia, y que alcanzaría a los organismos represivos del Estado no es, como se asegura, una obra de los “dos demonios” (guerrilla y militares), sino la lógica de una confrontación ideológica animada, financiada, entrenada y publicitada desde ciertas bases políticas o filosóficas (nacionalismo, ruralismo, elementos falangistas y franquistas, antisemitas y anticomunistas) que eran el soporte del sistema capitalista dependiente (y mucho más con la firma del primer acuerdo con el FMI).

Dice la autora que hay un supuesto “apoliticismo” en varios de esos grupos, pero en realidad los mismos son integrados por hombres y mujeres de todos los partidos políticos “democráticos”, que están “unidos en una misma tendencia ideológica ante un mismo tema y movilizados en el terreno social”, y en la práctica son “simpatizantes o participantes activos de un partido político determinado” (pág. 96). “Los movimientos de la derecha conservadora vinieron a apuntalar a los partidos Nacional y Colorado y, como en otros momentos de crisis, sugerir la unión” (pág. 97). La lista de las organizaciones y movimientos, y su pertenencia o afinidad a uno de esos partidos, está ampliamente registrada.

Claro que, en la época que estudia este libro (1958-1966), estudio que se nutre del trabajo de investigación en el Departamento de Historia del Uruguay y del Instituto de Ciencias Históricas de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, la derecha había tomado un camino de radicalización que pasó de la recolección de información a pintar svásticas en fachadas, divulgar filiaciones de integrantes de izquierda en su propia prensa, el “tatuar” con símbolos nazis a algunas mujeres (entre ellas el caso del secuestro de Soledad Barrett, marcada en los muslos), a hacer atentados a sinagogas y luego a comités de organizaciones de izquierda, crear grupos de choque y finalmente bandas parapoliciales y paramilitares (asesinato de Arbelio Ramírez a la salida del acto del Ché en la Universidad, 1961) y que, de alguna manera, se retroalimentaba con el discurso de la derecha “democrática”.

Si bien es cierto que no estamos muy acostumbrados a leer libros sobre historia, porque requieren otro tipo de lectura —y de conocimiento—, es una buena oportunidad de ver desde otro punto de vista lo que, como sociedad, nos pasó alguna vez.

(La trama autoritaria. Derechos y violencia en Uruguay (1958-1966), de Magdalena Broquetas, Ediciones Banda Oriental, 2ª edición, 2015, Montevideo, Uruguay, 280 páginas)

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