Viernes 07/12/18

 

Si algo sabía que iba a suceder cuando presentara mi libro en la Casa de la Literatura es que iba a estar nervioso. Mi novia intentaba calmarme, mi madre también, pero venían a mi cabeza estos presentimientos sobre si irán cuatro gatos o ninguno, si la presentación será un fracaso, como también el hecho de que esto de hablar del libro de uno no necesariamente me gusta. En el camino, mientras miraba cómo los autos se movían milímetros para frenar, esperando un escape del tráfico en la Vía Expresa, pensé que no llegaría a tiempo, pero existen ciertas zonas que pueden ser aprovechadas por un conductor cuco y llegué una hora antes. Esperar, cuando estás nervioso, siempre es un suplicio: en realidad lo único que quería era terminar la presentación e irme a casa. Estuve unos veinte minutos observando las paredes de la sala, los dibujos, intentando pensar que era una noche más, que no era la primera vez que me presentaba en público, no tenía por qué estar nervioso. En esas estaba cuando veo un grupo nutrido de muchachos que llega y observa con timidez la sala. Confundido, me acerco a ellos y los tomo por visitantes o quizá se habían confundido de lugar, pero uno de ellos sonríe al verme y me dice que le gustó mi libro y a partir de ahí comienzan a preguntarme algunas cosas: una muchacha me pregunta por un pasaje del cuento, mientras que otro me asegura que le gustó especialmente el cuento final, y en esos momentos llegan algunos alumnos míos de un colegio al que empecé a enseñar solo un mes y medio antes, también con aire tímido que se suelta en cuanto nos ven conversando. Los presento: los muchachos que aparecieron primero son preuniversitarios y trato de que hablen con mis alumnos, que sea una suerte de intercambio de conocimiento y experiencia. El moderador del evento, Fernando, aparece y debo hablar con él, así que les indico a los muchachos que pueden sentarse, que todo comenzará en unos minutos. El moderador me dice algo que también pienso: el grupo es joven, numeroso, la sala casi está llena y no por aquellas personas que usualmente llegan a este tipo de presentaciones. Mientras espero que los minutos pasen y deba sentarme en la mesa, se me ocurre que es lo mejor: la lectura de los muchachos es más transparente, ajena a los artificios de la crítica, del snobismo de los que intentan imitar con afán a los profesores de facultad, empecinándose en encontrar algún error en lo que les caiga en las manos. Se me ocurre todo esto en oleadas, cuando noto que ya llegó Milton, uno de los presentadores, y que debemos sentarnos para esperar al último, Jorge. Cuando me siento observo la sala: el espectáculo de sillas llenas, de algunos amigos que han aparecido – amigos de universidad, del ambiente literario, pero son una minoría –, me conmueve, me deja apreciar el juego de perspectivas: desde la mesa soy otro por un instante. Cuando Jorge aparece, Fernando da inicio a la mesa y yo me pongo a escuchar lo que tres personas dirán de mi libro y, por extensión, de mí.

Si algo me hace reír un poco son los contrastes entre Jorge y Milton, por un lado – el de la etiqueta –  y Fernando y yo, por el otro – el de la informalidad: mientras los primeros están con camisa, corbata, y parecen a punto de defender su tesis, Fernando parece salido del comedor sanmarquino y yo estoy vestido con comodidad, sin elegancia. Me conmueve que los primeros se tomen tan en serio la presentación, pero me hace reír que una misma mesa reúna aquella disparidad.  Fernando trae a colación el público joven, sostiene que uno de mis cuentos, “El cumpleaños”, es para él el más logrado y le cede la palabra a Jorge. Este dice algo que algunos han sostenido ya: en el libro los personajes, que parecen clasemedieros en desgracia, deben enfrentar su nueva condición y lo hacen sin caer en la sumisión. Destaca el cuento “Expresiones”, tal vez porque su campo es la ciencia ficción, argumentando que el valor del cuento es presentar a la muerte de forma más humana, menos convencional. “Expresiones” es, pienso mientras lo escucho, el cuento que más opiniones ha dividido: algunos disfrutaron mucho su lectura, mientras otros dijeron que rompe el ritmo de los demás cuentos. Recordé que Milton me dijo que si el libro era como un partido de futbol, “Expresiones” era como los últimos minutos del primer tiempo, antes de que comenzara el segundo con el entusiasmo y la frescura del descanso. Hubiera querido que Milton dijera eso en la presentación, pero él, más experto que yo en esto, me dijo que sería como boicotear un poco el libro. Milton leyó una reseña que hizo, destacando la rebeldía de los personajes, la inconformidad ante lo que debería obedecerse. Además, habló del último cuento, al que más cariño le tengo, como el que reúne esta voluntad de resistencia y crítica al sistema en el que vivimos – y padecemos sin darnos cuenta –, lo que agradecí. Disfruté ambas intervenciones con la expresión un poco incrédula del que a ratos se pregunta, “¿en realidad están hablando de mí?”, y tiene que convencerse de que sí, que está al medio, que su nombre, escrito y expuesto en una marquesina, es símbolo de aquello que no estaría mal considerar su ingreso al mundo, incluso si este gira en torno a una especie en extinción como lo es la de los lectores.

Cuando me tocó hablar a mí, hice lo que el protocolo mandaba: agradecí a los invitados, a los ponentes, a Fernando, a mi madre, a Noraya, mi enamorada, quien se encargó básicamente de todo. Hablar en público, como dije anteriormente, no es una experiencia extraña para mí, así que lo hice un poco como cuando dicto clase, dejándome llevar. Hablé sobre la sinceridad a la hora de escribir, sobre qué me motiva cuando escribo y cuándo comencé a tomarme en serio la escritura. Hablé de todo un poco y por esto no es fácil para mí recordar qué dije con exactitud para escribir estas líneas. Es más fácil recordar qué respondí cuando tuve que contestar las preguntas de los asistentes. Respondí que conocí a un tipo que me inspiró a escribir “El gran Tulio”, como que la mayoría de cuentos tenían un tinte autobiográfico. Respondí que uno podía escribir un cuento si estaba furioso, que un buen amigo me dijo alguna vez que la literatura no debía tener pudor. Y creo que rajé un poco del proceso editorial. Hablé del Perú y cómo lo vi cuando regresé de Argentina y del proceso de migración venezolana. Hablé y hablé y cada intervención era aplaudida, lo que me hacía sentir un poco fuera de lugar. Y cuando terminó la presentación y tuve que ir a firmar libros, me sentí aún más raro, pues seguían preguntándome sobre si seguía escribiendo y yo decía que sí, que tenía otro libro de cuentos y una novela, o que yo escribo y qué consejo me darías, o me regalaban un libro también y agradecía, un poco avergonzado, y creo que me sentí contento y un poco solo, porque no era la primera vez que presentaba mi libro, pero sí la primera que me exponía a tantas personas – y tantas no llegaban a cincuenta. Terminé cansado, un poco saturado, algo impaciente porque sigo escribiendo y quiero seguir publicando – y aún mi primer libro no tiene mucho tiempo: eso sucede cuando eres un poco torpe con el tema de las publicaciones – y salimos de allí. En líneas generales estaba satisfecho, pero todavía con la sensación adormecedora de la incredulidad.

Y si esto no parece ser una reseña del libro es porque podría copiar la que ya escribí, pero me pareció más interesante poner mis impresiones sobre la presentación: las presentaciones son necesarias, inevitables, y espero superar, poco a poco, la sensación de vulnerabilidad, mirando a los asistentes como lo que son, personas que desean, por un momento, contagiarse del amor a la lectura y llevarse algo a casa que les recuerde que todavía existen personas que se dedican, contra todo pronóstico, a escribir.

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