Asociación Cultural Retratos Abiertos

La desgracia de envejecer entre el deseo y el rencor: Desgracia, de Coetzee, y su adaptación cinematográfica

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No sé si le suceda al común de las personas, pero lo que es a mí me pasa que sufro una muy mala versión de la llamada “vergüenza ajena”: me angustio, siento que no puedo seguir mirando lo que sea que provoque esta sensación, pensando muchas veces qué hubiera hecho en la situación angustiante. Una de las situaciones de vergüenza ajena más fuertes que puedo recordar la viví mientras veía “The King of comedy”, la película de Scorsese. Debo decir que este post no es sobre esta película, pero la recomiendo y espero en algún momento escribir sobre ella. Este post está dedicado a un buen libro – que tuvo una adaptación cinematográfica adecuada –, en el que muchos temas son explorados, tópicos que me interesan de un tiempo a esta parte.

 

Quise escribir sobre “Desgracia”, la novela de Coetzee, y también su adaptación al cine, desde que me di cuenta de que el tiempo en el que vivo es una copia menos apocalíptica – pero más real – de “1984”. En estos tiempos extraños en los que nos convertimos en amos de la moral con profunda sed de venganza y reivindicación, la obra del escritor sudafricano se me aparece como una de las más vigentes. Leí la novela hace dos años, mejor dicho la devoré. Coetzee tiene el don de angustiarte a través de sus líneas. Con la película fue diferente. Me enteré por casualidad que existía su adaptación, dirigida por un tal Steve Jacobs. Escéptico – por tantas pésimas adaptaciones que se escudan en la palabra “libre” –, me descargué la película, pero tuvo que pasar buen tiempo antes de que me decidiera a verla, sobre todo porque el papel principal le correspondía a John Malkovich – de los mejores actores que he visto –, que le daba ese timbre lento, pausado y un poco pegajoso – como si degustara las palabras –, a David Lurie, a quien nunca hubiera imaginado siendo interpretado por aquel actor. Ese fue el primer obstáculo: había imaginado a Lurie como un hombre atractivo entrado en años; Malkovich es atractivo, sí, pero de una forma particular, incluso diría que por ser John Malkovich, el actor – esta es mi opinión, claro. El primer encuentro tenía esto en contra y los primeros minutos me mostraron que tendría un contacto diferente con la angustia, distinto al del libro. Dejé de verla y la olvidé, como sucede a veces con los proyectos personales que tienen el riesgo de desequilibrarte.

 

Fue todavía un tiempo después que pude ver la película, con la mente mucho más descansada y una perspectiva mucho más fresca. Y de esa mirada nacen estas palabras.

 

Mi misión es tratar de hacer un juego cruzado, debido más que todo a que la adaptación me parece muy fiel a la novela. David Lurie es un profesor de Literatura en una universidad de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) que parece haber conseguido la tranquilidad que necesita para poder vivir sin sobresaltos a su edad: tiene un empleo estable dictando Literatura Romántica – sobre todo Byron, su favorito –; goza de un sueldo estable y casa propia; tiene una relación de amistad saludable con su segunda ex esposa – y se insinúa que también con la primera ex esposa, la madre de su hija – y va todas las semanas a encontrarse con una prostituta muy bella con la que puede manejar su deseo sin negarlo, lo que parecería exigírsele a su edad. El conflicto con la prostituta se desarrolla más en el libro: Lurie le hace preguntas muy personales en el último encuentro y la prostituta desaparece. Más adelante se la encuentra con un nuevo traje, el de madre y esposa. Un poco angustiado por la desaparición y el encuentro – en el que ella lo mira, pero aparenta no conocerlo –, logra conseguir su número de teléfono, pero la voz femenina que contesta lo amenaza con denunciarlo por acoso. Por otro lado, en la película solo se insinúa el conflicto, pero no se desarrolla, lo que nos arrebata aquel primer indicio de Lurie como un “sirviente de Eros” – en realidad sirviente desesperado, diría yo –, y pasa directamente al conflicto con su alumna. Como dije, el Lurie del libro no me parecía John Malkovich, pues buen actor y todo no lo considero físicamente atractivo, pero debo admitir que su tono cínico hizo bien el juego.

 

Ahora, el libro y la película llegan al mismo cauce cuando Lurie se encuentra a Melanie Isaacs. Es cierto, Lurie tiene otro intento de seducción, pero no es tan importante, excepto en la medida que vemos lo ansioso que está de desear y dar rienda suelta a su deseo, incluso de amar y ser amado. Melanie, su estudiante, es presentada como una muchacha esbelta, atractiva, y Lurie la invita a su departamento, en donde beben y hablan sobre Literatura. El desencuentro es evidente, pero Lurie insiste: la frase que le suelta sobre el deber de una criatura bella de compartir su belleza es básicamente el mismo en ambos formatos. Si se inicia una relación consensuada o no es jodido de decir, ya que no podemos negar que la voluntad de Lurie es mucho más fuerte que la de la muchacha, quien pasivamente acepta tener relaciones sexuales con él – esto no quiere decir, por cierto, que yo vaya a soltar maniqueamente “violación”, sobre todo cuando la práctica es repetida –: en todo caso, Melanie no parece disfrutar de las relaciones con Lurie y a este parece importarle muy poco que ella lo haga: la quiere para disfrutar él, nada más. La película escenifica este desacuerdo en una escena en particular, cuando él está sobre ella, pujando y gimiendo mientras ella solo cierra los ojos, entregada a lo que parece creer inevitable.

 

Como dije, tanto en el libro como en la película la relación – si por relación podemos entender un acuerdo, afectivo o no, pues existen relaciones de dependencia, jerárquicas, etc. – entre ambos continúa, pero también en ambos Melanie está cada vez más callada, más huidiza, lo que comienza a enloquecer a Lurie de deseo y urgencia. De pronto aparece el salvador, un muchacho provocador que comienza a aparecerse en clases y reta al profesor. Se hace obvio en la película – y es más sutil en el libro – que este muchacho está relacionado con Melanie. La discusión sobre el Diablo que presenta Byron corresponde ciertamente al momento que están atravesando: la maldad del diablo obedece a impulso, puedes simpatizar con él si llegas a comprenderlo, pero también entender que su locura lo condena a la soledad. Como el demonio byroniano, Lurie es un hombre de deseo que no quiere rendirse ante lo que se considera correcto, al retiro del cuerpo en pos de los convencionalismos del buen envejecer. Pero, como Lucifer, su locura es vista con espanto y asco por los que lo rodean.

 

Lurie comete un error por su deseo: falsifica una asistencia a clases de Melanie, que se había retirado del curso. Esto jugará en su contra cuando ella interponga una demanda de acoso.

 

Ahora, ¿es que Lurie desea defenderse?

 

El padre de Melanie – en ambos formatos – se aparece en la universidad a confrontar al profesor, acusándolo del daño terrible que le ha hecho a su familia. Esto sucede delante de alumnos y maestros, que como amantes del escándalo no fingen no darse cuenta. El daño ya está hecho. Lurie no puede esconder lo que ha sucedido, pero, como escribí antes, no parece interesado en hacerlo. En el libro el narrador se explaya en el punto de vista de Lurie: sabe que algunos de sus jueces son profesores que lo odian, profesoras con puntos de vista feminista – feminismo extremo  o hembrismo, claro está – que ya lo han crucificado, que piensan en él como una mancha para la virtud de cualquier alumna que esté en el campus. Se le invita a dar su descargo por mera formalidad, pero él no quiere darlo. “Soy un sirviente de Eros”, declara, con ironía. Le dan opciones, pero él admite su culpa, que es la de todo hombre que desea. No quiere suplicar por su vida, poner en la balanza de aquellos hombres sus pasiones, pues ponerlas sería admitir que no debió hacer lo que hizo porque la condena social era inevitable. Lurie, con un orgullo inadmisible para sus colegas – que le piden una disculpa pública, terapia, consejo legal, de todo para, una vez actúe de la forma que esperan, deliberar su suerte si ven sinceridad en sus actos –, admite su culpa y se niega a disculparse. Con esto sale de la universidad, no sin antes declarar, ante la pregunta de una periodista sobre si se siente arrepentido, que ha sido enriquecido por la experiencia.

 

Aquí el primer acto termina.

 

A diferencia de la película, en el libro Lurie cena más de una vez con su segunda ex esposa. Esta, desdeñosa, le da consejos y recriminaciones sobre su papel ridículo en la seducción de una joven, por muy atractiva que fuese. Lurie escucha, sonríe, pero lo que está en su cabeza una y otra vez es la validez de su deseo, el no necesitar justificarlo. Esto me hizo recordar a un libro muy bello que leí hace ya muchos meses, “La casa de las bellas durmientes”, de Yasunari Kawabata: el deseo, a cierta edad, es visto no tanto como un pecado, más bien como un insulto a la juventud, a los que tienen la licencia – incluso el deber – de desear y gozar con ello. Después de pensar en qué hacer con su vida y el tiempo libre del que goza – o que debe sufrir – repentinamente, Lurie decide hacerle una visita a su hija en el campo, escribir una ópera sobre Byron – el gran gozador – y resignarse a no volver a la docencia – con el desdén del que nunca parece haberla disfrutado. Está tranquilo, aún tiene su pensión y cree que puede seguir gozando de su vida, es más, gozándola en libertad.

 

La relación con su hija, Lucy, se asemeja más a la que tendrían dos amigos lejanos. Ella lo llama por su nombre la mayor parte del tiempo, está sola en casa y ha tenido una novia. Vive acompañada de sus perros y su propiedad está al lado de otra, la de Petrus, hombre de pocas palabras que parece siempre lucir una sonrisa. Petrus y Lucy representan el universo post apartheid en el campo, en donde se ven obligados a convivir en una relación aparentemente horizontal. Las cosas, sin embargo, no son lo que parecen. Petrus tiene más poder que Lucy y se encarga de hacerlo notar en pequeños detalles; Lucy está sola y Petrus entra en su casa cuando quiere, valiéndose de que la ayuda con los perros o en diversos quehaceres. Lurie no está contento, pero intenta adaptarse al ritmo de vida de su hija, diferente a la vida académica y urbana que ha tenido. En el libro las idas y venidas con la ópera de Byron son también motivo de reflexión – que casi no aparecen en la película –, pero algo que ambos formatos comparten es una escena muy significativa: cuando discuten padre e hija sobre lo que le ha sucedido al primero en la ciudad, Lurie le cuenta una historia: el vecino tenía un perro y este, ante el olor de las hembras, se exaltaba. El dueño lo golpeaba “con regularidad pavloviana”, lo que le creó el reflejo de que, al solo olor de las hembras, el perro comenzaba a gimotear, bajando las orejas y escondiéndose. Lucy, sorprendida, le pregunta a su padre por el punto de la historia. Lurie responde que un perro puede aceptar que le peguen por morder ropa, pero el deseo es otra historia. “¿Entonces a los hombres debe permitírseles seguir sus instintos libremente? ¿Esa es la moraleja?”, lo interroga su hija, con reproche anticipado, un reproche que parecen compartir tantas mujeres en estos tiempos.  “No. Lo indigno de esta historia es que el pobre perro había comenzado a odiar su propia naturaleza. No necesitaba ser golpeado para castigarse”. Una vez más, en tiempos maniqueos como estos, desear está cayendo poco a poco en lo innoble, lo innecesario, mientras que las soluciones virtuales se ofrecen como la solución más adecuada, menos costosa – quizá no en dinero, pero sí en emociones – y más gratificante, todo desde la soledad.

 

El deseo, sin embargo – y esta es mi opinión – no tiene que ver con lo que le sucede a Lucy. Al llegar a casa, David y su hija se encuentran con tres muchachos que los miran expectantes. Piden el teléfono. Está de más decir que David y su hija son blancos, descendientes de los colonos y esclavistas; tanto Petrus como los tres muchachos son negros, descendientes y herederos de una historia de violencia y explotación, que parecen deseosos de revancha. Lucy accede – con inocencia, tal vez con forzada fe, la fe de aquel que se resiste al prejuicio, a pesar de que en ocasiones puede ser lo más sensato –, guarda a los perros guardianes e indica que solo uno de ellos puede seguirla, pero lo que seguirá es la violencia más representativa de rencores y ajustes de cuentas. David será golpeado y quemado en parte del cráneo, de milagro no pierde el ojo; Lucy será violada por los tres hombres. Sabemos que sucede, tanto en el libro como en la película, pero en ambas presentaciones todo será desde el punto de vista de David: asistimos a su angustia por salvar a su hija, encerrado en el cuarto de baño, como también observamos el fuego provocado por la crueldad de los invasores. Cuando los muchachos se van, después de haber matado a los perros y robado diversos enseres – y el auto de Lurie –, Lucy saca a su padre y van al hospital. Las heridas de ambos, como es obvio, van más allá de lo físico.

 

¿Qué se hace en una situación semejante? Bueno, en pleno siglo XXI lo que se haría es denunciar la violación, el ataque, el robo, escracharlos por redes sociales y la prensa cubriría el ataque al máximo. Pero estamos en la Sudáfrica post apartheid: el rencor está vivo, los ajustes de cuentas moneda corriente a pesar de personas como Mandela y su ideal de reconciliación. Zygmunt Bauman escribe que se rehúsa a creer que es inevitable la venganza ante el daño infligido, igual que tampoco el odio en vez del agradecimiento en situaciones difíciles – y vergonzosas – puede ser una opción. Estoy de acuerdo con él, pero no todo el mundo es capaz de renunciar a la retribución. Lucy, descuidada, sin bañarse por unos días, engordando un poco, le dice a su padre que sintió que sus violadores la miraban como si ella les debiera algo: la violación, no sé en dónde escuché esto, no es un acto de deseo, sino de violencia. No se viola a alguien por deseo, sino para quebrar una voluntad. David le insiste a Lucy para que deje la granja, que visite a su madre en el extranjero y, cuando se entera de que no ha denunciado la violación, que lo haga, pero ella no quiere. Lucy entiende que en los nuevos tiempos se ha perdido algo – algo que quizá se llamaría brújula moral, pero en realidad se ha perdido la protección de la que gozaba un sector de la población –, y ella no quiere renunciar al lugar que ha decidido llamar hogar. Se puede interpretar la conducta de Lucy de muchos modos; yo, particularmente, creo que ella también siente que algo debía, como muchos hombres ahora creen – de manera estúpida, diría yo – que son culpables históricos, herederos contaminados por el pecado original de haber nacido con pene. Esto que muchos llaman, obtusamente, “responsabilidad histórica”: la responsabilidad de haber nacido culpable por ser.

 

Las cosas cambian para David y su hija. Lurie se involucra con Bev Shaw, amiga de su hija, mujer ya entrada en años y carnes con la que David nunca se hubiera imaginado, llegando incluso a despreciarla en su fuero interno, comparándola con una versión envejecida y pueblerina de Emma Bovary – piensa que Bev debe estar celebrando “tengo un amante”, como la novedad más novedosa de su gris existencia –, pero también es la relación con Bev, junto con los otros acontecimientos, los que le muestran una faceta diferente de sí mismo: la humildad, el hecho de que la vida puede tomarte por los pies y sacudirte sin que puedas hacer nada. Sus conocimientos académicos no han sido suficientes para salvarlo de lo que le sucedió a su hija, embarazada por la violación y a punto de casarse con Petrus, quien dice que el matrimonio con Lucy la mantendrá a salvo – a cambio ella le cederá la tierra, pero se quedará con la casa: el hijo parece simbolizar su unión y quizá sumisión ante el nuevo orden de las cosas –, como tampoco lo salvaron de sentirse tan inútil. David busca al padre de Melanie y le pide perdón, busca también a Melanie, pero el novio lo corre con burlas del teatro al que fue a verla. Al final, entre este escenario tan incierto, David se queda de asistente de incinerador de Bev Shaw: se encarga de llevar los cadáveres de los caninos muertos al horno.

 

La novela, como escribí antes, carga con una angustia en crescendo. La película es una muy buena adaptación, de las mejores que he visto sobre libros: le hace justicia. Una obra que no envejece, pues Coetzee, como todo escritor que vale la pena, no pierde vigencia.

 

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