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La casa de las bellas durmientes y la vejez que se resiste a renunciar al placer

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Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. Frase significativa que presagia el final de “La casa de las bellas durmientes”, de Yasunari Kawabata. La primera vez que supe de la existencia de esta novela fue gracias a Gabriel García Márquez, por esas relaciones intertextuales que tanto me fascinan: me regalaron “Doce cuentos peregrinos” en mi cumpleaños número diecinueve y, cuando llegué a “El avión de la bella durmiente” – si conocen el cuento y pueden identificarse con la situación de verse delante de una belleza que enmudece y petrifica al observador, sabrán de lo que habla el narrador –, no solo me pregunté qué hubiera hecho yo en su situación, que a ratos soy tímido y en otros aventado, sino que me sorprendí ante el pasaje en el que el narrador decía que “en la primavera anterior había leído una hermosa novela de Yasunari Kawabata sobre los ancianos burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas, mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia del placer era verlas dormir”. Me sorprendió mucho: una cosa es compartir espacio con una hermosa mujer dormida en un avión y verte obligado por civilidad a no perturbar su sueño, haciéndote un mundo, imaginando posibles frases ingeniosas para sacarle una sonrisa o al menos que se digne mirarte, y otra diferente es dormir junto a jóvenes hermosas y complacerte en observarlas sin siquiera intentar hacer nada. Tenía diecinueve años, me tomaba el sexo muy en serio y consideraba – supongo que con la irreverencia de la edad – que dormir con una muchacha, realmente dormir, era una pérdida de tiempo.

Eso no significó que el pasaje en cuestión se borrara de mi memoria, pero no averigüé lo suficiente hasta algunos años después. Pensaba que, como Borges, quizá García Márquez se había inventado una novela de Kawabata. En aquellos años mi relación con Japón era exclusivamente la observación y disfrute de los animes; leía europeos y latinoamericanos en general y uno que otro peruano en particular. Recién a partir del 2015 – casi once años después de saber de Kawabata –, en el grupo que formamos unos amigos y yo para leer literatura japonesa, me encontré cara a cara con el autor del pasaje en cuestión. En el grupo también leímos a Mishima, Akutagawa, pero no sé por qué razón comenzamos con Kawabata y los cuentos que integraban “Primera nieve en el monte Fuji”. No solo me gustaron mucho, además las historias fueron discutidas con entusiasmo y aderezadas por el infaltable vino que enrojeció nuestros rostros y animó los comentarios. En mi precipitación a la borrachera, recordé que había leído sobre Kawabata en otro momento, pero no sabía cuándo. Como me sucede a veces, o casi siempre, solo fue cuando decidí dejar de torturarme intentando recordar que el recuerdo se dignó a aparecer: García Márquez era la clave. Al día siguiente revisé entre mis libros y ahí estaba. No se mencionaba el nombre del libro, pero la descripción era más que suficiente para los todopoderosos e invasivos buscadores de Internet. Y estos me llevaron, gracias a una frase incompleta como “Kawabata, novela ancianos dormidos con muchachas”, a la casa de las bellas durmientes.

Pero de nuevo aplacé la lectura de ese libro. Tenía otros que quería leer acumulados acumulando polvo. Intentaba, claro, tener un plan de lectura y me sentía culpable por otros libros que esperaban su turno en mi librero, intactos y acusadores. Tuve que llegar a Argentina para leer el libro, y no fue porque los libros fueran más baratos – que sí es así –, sino que lo encontré sacándome la lengua en la biblioteca de un amigo. Me dije que sí, todavía tenía libros que me esperaban en casa, pero la oportunidad de leer aquel libro con el que tenía una deuda que se fundaba en un recuerdo debía saldarse. Cuando lo tuve en mis manos me sorprendí de su brevedad: 122 páginas en la edición que iba a leer. Aunque acostumbrado a novelas más voluminosas, tampoco ignoraba que aquellos libros breves pueden darte más de una sorpresa, tanto por su profundidad como por la densidad que te hace sufrir y darte cuenta que el número de páginas es, muchas veces, solo apariencia. Encima estaba el comentario de Mishima, en donde reflexiona sobre la complejidad de algunas obras que pueden angustiarte. “Entonces no va a ser un viaje divertido”, pensé, y el presentimiento fue correcto: divertido es el término que más se aleja, para mí, de lo que significa esta novela.

Para hacer una síntesis recontra sintetizada, el viejo Eguchi ha llegado a una casa en la que una mujer que no tiene ningún encanto físico y parece estar en sus cuarenta le presenta la posibilidad de dormir – literalmente dormir – con una hermosa muchacha narcotizada que no se despertará con nada. Puede acariciarla de las maneras que desee – y las posibilidades están sometidas a la imaginación y perversidad del cliente –, pero la penetración está prohibida, como también dejar marcas en su cuerpo. La advertencia es sobreentendida por el viejo Eguchi, nunca expresada de forma directa por la mujer a cargo de la casa, que solo declara a sus huéspedes como caballeros “de confianza”. ¿Qué significa de confianza? ¿Por qué el viejo Eguchi se siente ofendido al ser considerado un hombre de fiar? Para entender esto debemos observar que es un amigo del viejo Eguchi quien le recomienda la casa: un amigo más anciano, más adelantado en la bajada de la colina de la vida, por lo mismo, más consciente de las pérdidas íntimamente ligadas a este descenso. Eguchi, que ya casi tiene setenta años, no se considera senil o impotente. Aún es un hombre, aún puede gozar de una mujer. ¿Por qué acepta entonces la oferta? Esa es una de las preguntas que intentará responderse a sí mismo a lo largo de la novela y es la primera que, como una piedra cayendo sobre un lago en calma, creará ondas de preguntas nuevas y reflexiones que se fundan, como podemos imaginar, en los recuerdos del anciano.

Mientras seguía leyendo la novela luchaba con aquella idea – o más que idea, sensación no razonada – que todavía tengo a ratos: no me gustan los ancianos. Los considero gruñones, molestos y a veces cederles el asiento en el autobús genera tensión en mi ánimo, sobre todo cuando sé que no hay lugar a donde huir, cuando el bus sigue llenándose de personas arrugadas que necesitan de ti. La novela me abrió otra historia, otro punto de vista: quizá, me dije, los ancianos reniegan porque no hay nada peor que perder la juventud sin darte cuenta. Tal vez los rechazo porque sé que es inevitable que yo también forme parte de su club alguna vez: no hay escapatoria, a todos nos llega; mi rechazo es solo la manera de mostrar que odio en lo que me convertiré. Y, sobre todo, la novela me reveló una de las peores partes de ser un anciano solitario: la prohibición del amor y la pasión. Se piensa en los viejos como venerables o tiernos, renegones o seniles, pero sin lugar a dudas casi todo el mundo se pone de acuerdo en que son asexuales – o deberían serlo. Que un anciano pueda concebir una pasión es ridículo, aberrante, incluso asqueroso. Nuestros abuelos pueden mostrarse cariño, pero con mesura: el piquito casto del amor gentil; el intercambio de saliva es un juego juvenil y ellos ya están más allá de todo ese desgaste. Y si eres un anciano más te vale creer eso, porque si piensas que puedes mirar con deseo a una muchacha hermosa no solo eres un viejo verde, pervertido y sin conciencia; además, eres ridículo. ¿No te das cuenta de lo mal que quedas a tu edad?

Como escribí líneas arriba, esta es una historia en la que se reflexiona, de manera constante, sobre la ancianidad y el paso del tiempo, y en la que la memoria juega el papel principal: los recuerdos de las mujeres que fueron parte importante de la vida del viejo Eguchi nos dicen algo nuevo sobre su vida, sobre la vitalidad que se le está escapando, sobre el amor que fue capaz de gozar e inspirar, sobre la lujuria que aún siente, pero que, tristemente, sabe en agonía. El viejo Eguchi aún no es senil y la maldición que sobre él pesa es que sabe que lo será pronto, que el trecho que lo aleja de los otros viejos que pueden dormir con las jóvenes sin sentirse tentados está a la vuelta de la esquina. ¿En qué consiste envejecer? Los mitos sobre el envejecimiento nos han mostrado que hacerlo consiste en resignarte en silencio a las privaciones, ya que al mismo tiempo se gana sabiduría. La novela nos plantea, según como lo veo, algo diferente: la decadencia del cuerpo, cuya mente no se resigna a saber que ha perdido a su aliado; la contemplación rebelde del deterioro que llega, cruel, al final de la vida, como para hacernos más fácil la muerte, pues ya no nos queda nada. Como si Zorba el Griego, con toda su vitalidad y sus bailes – recomiendo la película – se viera, de pronto, en una silla de ruedas. Triste y cruel, más todavía porque nadie espera de los ancianos otra cosa que silencio, resignación y paciencia. Así como un niño inteligente y maduro nos pone en alerta, un anciano libidinoso y lleno de vida nos da asco. Y esa es una de las constantes en el relato, una de las preocupaciones más grandes de Eguchi.

Amantes desfilan ante sus ojos mientras abraza a las muchachas dormidas; recuerda a su hija menor, la favorita, mientras acaricia los pechos tibios de otra; una de las muchachas lo hace revivir momentos en los que estuvo, digamos enamorado, de otra mujer dulce que al final lo dejará y se casará; uno de los últimos recuerdos es inspirado por el cuerpo bien formado y pequeño de una muchacha dormida, y aquel consiste en la relación carnal con una mujer casada y con dos hijos, pero con un cuerpo esbelto y sin huellas de maternidad, en un momento en el que Eguchi ya estaba en sus sesenta y la mujer no llegaba a los treinta. Las mujeres dormidas son la leña necesaria para avivar el fuego de sus recuerdos, lo que desata en Eguchi no solo la nostalgia, también una revisión de su vida y, como toda revisión, son necesarias las preguntas y la interpretación. La primera, la más urgente, ¿estarán vivas estas mujeres?, para, a continuación, formular la que mueve nuestra vanidad, incluso en el ocaso de nuestra existencia – o tal vez más aún por eso: ¿Habrán pensado en mí? Mientras pasaba las páginas me sentía envejecer, me sentía Eguchi, y también entendí lo que un amigo me dijo una vez cuando hablábamos de la edad en la que uno debía considerar casarse. “Pues yo ya pienso que con esta enamorada debería hacerlo. No quiero, me da terror envejecer solo”. Él estaba en la treintena, igual que yo. Eguchi está casado, su esposa aún vive, aunque casi no es mencionada. No es soledad lo que experimenta Eguchi, al menos eso creo: es la sorda rebeldía de aquel que quiere seguir apasionándose; el hombre que aún se sabe capaz de amar.

Pienso que Eguchi no va a la casa por el placer de ver dormir a las muchachas: él quiere recordar, necesita entender su pasado. Al principio de esta cita dije que la inhumanidad se haría presente, pero no pienso decir cuándo. Para saberlo es necesario leer la novela, no pienso negarle ese placer a nadie. En todo caso, aunque he expandido este comentario mucho más de lo que pensaba, tendré que seguir un poco más, pues no he hablado de la película. “La casa de las bellas durmientes” me llevó a “Sleeping Beauty”, película del 2011 dirigida y escrita por Julia Leigh. También me hizo querer leer “Memorias de mis putas tristes”, de García Márquez, pero como no la he leído aún no comentaré nada, excepto que tanto con la novela de Kawabata como con la de García Márquez pensé que entre tanto chillido sobre lo que es políticamente correcto y lo que no, me sorprendió que se hubieran hecho películas sobre el tema. De hecho, no es descabellado pensar que muchos ven en estas obras un cuento inmoral sobre viejos pervertidos, como me sucedió cuando me interpelaron por leer “Lolita”, pero esa es otra historia. El caso es que me descargué la película de Leigh y me preparé para verla frente a mi computadora, sin esperar demasiado.

 

No diré que la película me pareció genial, porque no fue así. Tuvo, eso sí, sus picos de creatividad, incluso apareció, diría yo, en los dos viejos que aparecen para dormir con la roncante Lucy (Emily Browning) – mentira, no ronca y se ve plácidamente dormida –, parte de lo que yo esperaba que fuera la influencia del viejo Eguchi. El primer viejo se manda a contarle a la mujer que se encarga de la casa – nada parecida a la retratada en la novela de Kawabata: es una elegante rubia –  una historia de Ingeborg Bachmann sobre un hombre que viaja porque está aburrido y al final termina en un accidente, pero se decide a abandonar su cama de enfermo con palabras mágicas en las que dice que puede pararse, que no está roto. Puede que me hayan dado ganas de leer a Bachmann, de quien no sabía nada antes de ver la pela, como puede que no, pero el caso es que el viejo le dice a la mujer “estoy roto”. Sigue la escena en la que se desnuda el viejo y vemos un cuerpo marchito, no en tan mala forma, con el pubis gris de un anciano cuyo sexo está vergonzosamente fláccido. El viejo se acuesta con la muchacha y nada, se oscurece la imagen. El segundo viejo es un pelado que antes se ha comportado mal con Lucy en una fiesta a la que ella iba a trabajar de mesera en ropa interior; y este viejo, más grueso y con aquel tono altivo y orgulloso que tienen las personas que se creen dueñas del mundo – y que, a juzgar por el ambiente de opulencia que presentan, tal vez lo son –, le dice a la mujer al pie de la cama, mientras Lucy duerme, que no se preocupe, que ni un camión de viagra podría levantarle el pene. La senilidad avergonzada, la impotencia que quiere recordar viejos tiempos. Este no es tan paciente como el anterior: lame a la muchacha en el rostro, le dice cosas que tal vez le recuerden juegos sexuales extintos, incluso la quema en el cuello con un cigarrillo, o tal vez en la oreja, no lo sé, es muy confuso. El caso es que si el espectro del viejo Eguchi los ha influenciado creo que sería en el tipo de reflexión que hacen, no en la amargura. A diferencia de los viejos de Kyoto, que quieren sentir el placer de la observación y el tacto, el goce de ver dormir a aquellas bellas muchachas, parece que los viejos de la película lo que desean es revivir, aun a costa de torturarse, los viejos tiempos; lástima que solo puedan lograr una caricatura.

No sé si la vejez es el periodo más largo de la vida. Pienso que, en todo caso, es el más tortuoso.  También sé que ahora comienzo a pensar en la vejez de manera diferente, quién sabe, un poco más empática.

 

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