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La brillantez es una virtud incluyente: Una lectura de “Fragmentos” de Raúl González Moreyra

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Los más grandes descubrimientos intelectuales no se encuentran consignados a un solo tipo de discurso. En algunas ocasiones, la consistencia del método científico adolece de  limitaciones. La búsqueda sistemática de nuevos conocimientos es fascinante; pero cuando la propia pasión trasciende lo mensurable, somos testigos de los límites de la ciencia. Es entonces que el arte tiende sus brazos para la búsqueda, el cuestionamiento y la revelación. Allí está la comunión entre un pensamiento profundo, la innovación de la forma y el más grande gusto por el propio quehacer.

Por ese motivo, cuando un investigador de contundente obra en psicología, lingüística y educación como Raúl González Moreyra (1934-2002) escribe un conjunto de textos literarios, es preciso estar atentos. En la búsqueda de la verdad se puede tomar dos caminos: discurrir en la aparente fortaleza de la única especialidad o aceptar que existen diversos hallazgos que esperan ser revelados por una agudeza más generosa. Felizmente, González Moreyra perteneció y representó al segundo tipo.

Fragmentos: maestro sin tiempo es, como su nombre lo indica, un conjunto de trabajos de diverso género, época e intenciones. Poesía, epístola, narrativa y reflexiones convergen en el redescubrimiento de una personalidad que se ha vuelto referente en las mejores universidades del Perú. Un claro ejemplo de cómo se gestaron su inquietudes más profundas, para dar paso a una obra que debe ser leída y releída desde su propia autenticidad.

Por ello, en un poema como “Hora sutil”, se asiste a los versos de un amor lejano (“Es el tiempo dolor de las distancias / es la hora sutil de los cimientos. / Es el más triste y más solo de los tiempos. / Es la ola y la resaca de los recuerdos”). En otro momento, con un tono igualmente transparente, rinde homenaje a personalidades como Kant, Beethoven y Ramón Castilla.

En sus cartas (sobre arte, ciencia e intimidad), se comparte esa misma autenticidad, con la gentileza y elegancia de quien se vincula estrechamente con el pensamiento de su interlocutor. Por ejemplo, en la carta del 06 de marzo de 1951, dirigida a Antonio, se percibe una cercanía tan real que parece la propia conciencia:

Recibí tu respuesta en la que haces fe de idealismo y en la que dices que anhelas huir de la realidad diaria porque te asfixia, porque el hecho y la cosa te producen un intolerante dolor físico, y porque zambullido en ellas no eres libre. Pero es que acaso somos libres. Creo que nosotros mismos nos liberamos de nuestras limitaciones a punta de dolor y sufrimientos. Afirmas que cada decisión por un objeto, por un hecho, por una actitud, por una idea, es un grillete más que nos colocamos. Nunca seremos libres. Desgraciadamente es imposible.

Un caso distinto es el de la dirección a Manuel, en la carta dirigida el 26 de julio de 1951. Aquí se discute el hecho de que su destinatario haya abandonado completamente su actividad artística.

Me acusas casi de ignorarte porque, según tu respetable y actual parecer, enfrento las certidumbres de la experiencia y la fuerza del razonamiento científico a los balbuceantes remedios de vida y realidad que llamamos arte. Yo no los puse frente a frente, ellos solos se colocaron siempre así. Claro que, desde el punto de vista de la utilidad y del famoso bienestar burgués, el arte no cuenta nada. Y creo que ahora lo ves de esa única e insuficiente manera. Aprecias la vida tal como el businessman y el chauffer de Keiserling, como una jugosa manzana puesta ante nuestros ojos para ahitarnos con ella. Satisfacernos es el ansia suprema de la vida. Satisfacer nuestro hambre de verdad embotándonos de fórmulas. Satisfacer nuestra mediocridad convirtiendo a todos en mediocres. Satisfacer nuestra conciencia declarándonos en favor de la moralidad y ahuyentando de nosotros el rebaño de pecadores que llamamos artistas.

Finalmente, es grato citar un ejemplo de vulnerabilidad, en la carta dirigida a Isabel, el 4 de febrero de 1952:

Te habré dado yo también como única prenda de cariño mi dolor. Sabes que eres la única confidente de mis debilidades, de mis descorazonamientos. A los otros, al mundo, les muestro mi franqueza brutal, mi otro corazón rudo, con ellos me afirmo. Solo a ti me atrevo a mostrarme indeciso, implorando un consejo, una palabra de amante y de madre que me haga arrodillar a tus pies, descansando mi corazón calmado en tu regazo.

Esta autenticidad, no exenta de profundidad y rigor, es, con todo, uno de los mayores méritos que una obra literaria puede tener. Palabras directas, heredadas de una tradición felizmente asimilada, sumadas a la garantía de un autor que vivió sus múltiples vocaciones al máximo, son razones más que suficientes para hacer de González Moreyra un referente de la creación literaria. Un espacio que acoge, incluye y produce obras entrañables.

Fragmentos: maestro sin tiempo
Autor: Raúl González Moreyra
Editora: Norma Reátegui
110 páginas

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