Asociación Cultural Retratos Abiertos

Historia breve de la humanidad, por Sergio Schvarz

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El libro “De animales a dioses”, cuyo subtítulo es “Una breve historia de la humanidad”, del profesor de historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén, Yuval Noah Harari, publicado por primera vez en 2013, tiene dos partes bien delimitadas, que corresponden a dos periodos calificados como prehistóricos e históricos en los que se divide el desarrollo humano.

En la primera parte, el autor desarrolla teorías e hipótesis sobre los primeros pasos y el origen de la humanidad, la evolución del género Homo y de las diferentes especies humanas, la aparición del fuego y su uso cotidiano, el lenguaje, el papel de la especie humana en la desaparición de la megafauna, la extinción de los neandertales y el Homo floresiensis, la revolución agrícola y la creación de los asentamientos permanentes. Incluso, atendiendo a nuevos descubrimientos, podría incluir al Homo luzonensis (isla de Luzón, en Filipinas) que replantea la pregunta de cómo es posible que ese homínido haya llegado a esa isla que ha estado separada del continente por cientos de kilómetros de mar profundo desde hace al menos dos millones y medio de años, pregunta que intenta responder nuestro historiador con otros ejemplos similares, como el Homo floresiensis.

En toda esta parte, pre-histórica hasta el momento de la escritura (que es cuando se toma como referencia para dar el inicio formal de la historia), hay un desarrollo lineal, a menudo exponiendo, sin tomar partido, distintas teorías para cada etapa. Busca conceptualizar el desarrollo humano y nos lo muestra como una curva ascendente, aunque a menudo la relativiza cuando afirma, por ejemplo, que la revolución agrícola significó la dependencia del clima para la supervivencia de cada comunidad y conllevó al fin de la infancia despreocupada de la humanidad. Y despreocupada puesto que unas horas diarias bastaban para mantener (de comida y satisfactores básicos) a los grupos, no demasiado numerosos, de cazadores y recolectores. Y que, por el contrario, al establecerse estos en un territorio más o menos delimitado (el territorio de las viviendas y plantaciones agrícolas), quedaron expuestos a la benevolencia, o no, del clima, y, más peligrosamente, a las incursiones guerreras de otras tribus.

Es aquí, en este punto, cuando Yuval Noah Harari, se decanta por una teoría de la violencia, asegurando el papel primordial de la guerra en el desarrollo de las sociedades, además de que esta —según él— es motor del desarrollo humano. E incluso establece como factible una teoría que explica la predominancia masculina sobre la femenina por la razón “no de la fuerza sino de la agresión”, hipótesis a la que parece afiliarse él. Además, dice que la guerra (por esa razón de agresividad), es una “prerrogativa” masculina, pero no nos aporta pruebas determinantes a tal efecto.

Luego, en lo que sería la segunda parte, establecerá el papel “unificador” de las religiones en la era de los imperios, como una construcción ideológica y mental que nuclea a distintas comunidades en porciones más o menos extensas de territorio. Así, por ejemplo, habla del budismo que plantea una verdad universal “para liberar del sufrimiento de todos los seres”, o bien se refiere al imperio persa como un orden político universal “para beneficio de todos los humanos”. Aquí es cuando se empieza a notar que este historiador da como hechos (como si fueran probados) a lo que es meramente declarativo, es decir a la intención de las declaraciones, como si éstas, por el sólo hecho de manifestarse (de forma escrita u oral) ya se vieran realizadas.

Analizará después el papel del dinero por contraste con otras manifestaciones de intercambio, como el trueque, historiando sus distintas denominaciones y conversiones. Y con el “descubrimiento” de América, y su conquista, la enorme transferencia que se realiza tanto de materias primas como de metales preciosos que servirá para hacer lo que Marx llamaba “la acumulación originaria del capital”, se dará el comienzo del capitalismo (que nace, entonces, del sometimiento y muerte de pueblos y comunidades enteras, del robo y el maltrato, de la explotación más inhumana acompañada por el tráfico de esclavos).

Yuval Noah Harari cifrará en este sistema (no en la democracia, sino en el capitalismo, incluso aunque no sea democrático, como si fuera este sistema la última invención colectiva de la humanidad) todas sus expectativas, más allá de sus centenares de miles de desempleados y millones que mueren por hambre o por enfermedades evitables (llega a decir que actualmente “casi” no hay muertes por hambruna, siendo que la FAO, por ejemplo, ha dicho que en el mundo 821 millones de personas sufren hambre  y más de 150 millones de niños sufren retraso del crecimiento —cifras del año 2018—). Es cierto, también, que se trasunta un anticomunismo visceral en su libro, alejándose de lo histórico e ingresando en el terreno de lo ideológico.

Por último, nos hablará de la revolución industrial, incurrirá en el error de considerar que la revolución francesa se hizo porque la monarquía de Luis XVI “se dio cuenta de que la mitad de su presupuesto anual se destinaba a pagar los intereses de préstamos, y que se dirigía a la bancarrota”, sin considerar el papel creciente de la naciente burguesía (que es la que toma el poder) ni la pauperización de la población, que será la carne de cañón de la que se aprovecha la burguesía para su ascenso al gobierno y al poder. Esa distracción es algo realmente extraño en un historiador, pues pareciera que la historia no la escribieran los pueblos, sino los documentos y tratados. Dice incluso “que las revoluciones sociales rápidas eran excepcionales y la mayoría de las transformaciones sociales provenían de la acumulación de numerosos pasos pequeños”, lo cual evidencia cierta confusión (olvida la dialéctica de las circunstancias históricas). Una cosa es una revolución, que estalla cuando ya no hay otra forma de resolver el conflicto principal, y que se da por una acumulación subjetiva y objetiva (pues se necesita un estado de cosas insostenible y una voluntad mayoritaria de cambiar, como sea, ese estado de cosas). Lo otro, a lo que se refiere el autor, son rebeliones espontáneas generadas por un hecho puntual pero que no tiene ningún objetivo revolucionario en sí (si entendemos por revolución la transformación radical, desde la raíz, de la sociedad).

Al final, Harari nos intentará convencer que es probable que el diseño inteligente —ciborg y superhumanos, con modificación genética— se convertirá en el principio básico de la vida. Una especie que él llama “Homo Deus”, y que llegaría a la cumbre del poder.

Con todo, lo más positivo del libro, más allá que termine contando el trozo usual de historia que nos cuentan los vencedores (como la supuesta versión norteamericana de la necesidad de utilizar la bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki para evitar el millón de bajas estadounidenses que supondría continuar la guerra —sin considerar otras pruebas en contrario, como el ultimátum de rendición hecho por los soviéticos que estaban analizando los japoneses—), es su primera parte, que da alas a la imaginación.

Pero además, nos da materia para pensar en el desarrollo de la humanidad, en el pasado, el presente y el futuro. Y, por supuesto, el libro está bien escrito y su lectura llega a ser apasionante.

(De animales a dioses, Yuval Noah Harari, Editorial Sudamericana, 2018, Uruguay, 475 páginas)

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