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Juego de Tronos: una espada de doble filo entre la televisión y el libro, por Mauro Marino

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Que un millón y medio de personas (cifra que sigue creciendo a cada segundo) pida cambiar el contenido de Juego de Tronos es una de las mejores y peores cosas que pudo pasarle. En efecto, más allá del sentido comercial (el cual ha sido probado por elogios, desesperaciones, desmayos y lamentos, de parte de quienes han seguido esta producción con la suscripción respectiva), lo mejor que puede ocurrir a un trabajo es que sus propios seguidores (puntuales o extemporáneos) deseen inmortalizarlo con un mejor recuerdo del mismo o con el deseo inconsciente de perpetuidad.

Lamentablemente, soy renuente a este pedido. No creo que David Benioff y D.B. Weiss sean guionistas y directores incompetentes. Creo que lograron consumar una tarea que, para la mayoría de mortales en el mundo, sería imposible de lograr: crear, convencer y gestionar el hecho de que Juego de Tronos se haya quedado en la memoria de las personas; que genere identificaciones (muchas Aryas, Khaleesis y Daenerys averiguarán, poco a poco, lo que sus padres veían los domingos por la noche); teorías disparatadas (como la doble identidad de Bran); y temas de conversación más allá del café, Instagram y las compras de tazas.

Sin embargo, como toda tarea significativa, siempre hay aristas que quedaron por limar. Por ejemplo, en términos literarios, el ropaje de George R. Martin queda un poco grande para su versión televisiva. En primer lugar, porque se trata de libros con una envergadura mucho mayor que la que podríamos esperar en nuestra hora y media de contemplación. Recordemos que el éxito también supone que los televidentes quieran seguir viendo a Jon con vida; a Daenerys quemando cosas; a Arya creciendo en un mundo más grande que el juego político de personas pequeñas en tronos grandes; y a Tyrion diciendo una que otra genialidad en medio de sus borracheras. Si vemos eso mucho más seguido, seguramente el pedido sería para que la serie termine.

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Dejé para después la idea de que toda esa atención también puede ser muy mala. Me explico.

Hideaki Anno, autor de Neon Genesis Evangelion (uno de los mejores animes de la historia) fue criticado drásticamente por el final que propuso a su historia. Y aunque el autor defendió su cierre, algunos se atrevieron a decir que tuvo que hacer algunas películas adicionales para aplacar las amenazas que los propios fanáticos habían perpetrado en contra de su vida. Tampoco se podría olvidar lo que ocurre en Misery, de Stephen King, con la fanática más amenazadora, desequilibrada e impredecible que un creador podría encontrarse. En suma, aunque un escritor conjure su propia obra al momento de publicarla, para los lectores más cercanos, esta diferencia pasa inadvertida y parece establecerse un “contrato” de alimentación selectiva sobre lo que uno quiere frente a otro. En otras palabras, “si me gusta mucho tu obra, me debes conceder el control de la misma”. Ningún escritor busca esto. Todos quieren publicar su obra, contar con personas que la aprecien y sentir la libertad para continuar creando.

Por eso, ya en la séptima temporada de Juego de Tronos, fue visible la crítica al ritmo más acelerado que tuvo la historia (la teletransportación de Varis, la llegada de noticias a vuelo de cuervo en conexión 5G, etc.). Sin embargo, fue en la última donde un vaso de café, la botella de agua en el suelo y la oscuridad de la noche (¿?) se convirtieron en la razón (o excusa) perfecta para fraguar los comentarios más arrolladores.

Lo confieso, no fue una temporada perfecta. Se evidencia la corrección política, las escenas con diálogos flojos y el sesgo comercial que apuntaban, probablemente, a lo que el público extemporáneo hubiese querido encontrar: una historia que los entretenga sin demasiadas complejidades, que no deje cabos sueltos (mérito que fue apreciado tardíamente, cuando estos tuvieron sentido) y que pueda “engancharlos” luego de ver un resumen en Internet. Aquí la mayor víctima fue el público nativo, que quería encontrar más del nudo y menos del desenlace; más del tono literario y menos del televisivo; más  diálogos inteligentes y no tanta producción. Sin embargo, con todo, creo que se ha cumplido con un cierre relativamente coherente, con la conclusión de la mayoría de historias y con una indemnización a los “buenos” desde el inicio: Tyrion, Jon y los hermanos Stark. Si esto último no hubiese sido el caso, definitivamente hubiese firmado el pedido.

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Por otra parte, siempre queda el hecho de “crear” nuestros propios finales, leer completamente los libros o esperar las nuevas series que se prometen sobre el universo de Canción de hielo y fuego. Si esperamos casi dos años para esta temporada, estoy casi seguro de que podremos lograr más cosas.


 

One Reply to “Juego de Tronos: una espada de doble filo entre la televisión y el libro, por Mauro Marino”

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