Asociación Cultural Retratos Abiertos

Retablo, por Javier de Taboada

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El retablo

Para Álvaro Delgado Aparicio, director de la película, un retablo es un portal a otro mundo. Como lo es el cine, podríamos agregar. Y en verdad la película aprovecha al máximo las posibilidades expresivas de esta compleja pieza de artesanía ayacuchana,  la cual conjuga varios niveles y un gran número de figurillas. Además de su complejidad formal, el retablo es un tipo de artesanía que no solamente replica una tradición previa, sino que también se abre a las transformaciones sociales, como los famosos retablos de la época de la violencia política, que recogen en sus escenas la brutalidad del momento.

La película muestra no solamente el proceso de fabricación de las cajas, la masa y el moldeado de las figurillas, sino también -sobre todo- el circuito económico social en que se inserta la producción de esta artesanía. Si bien el retablo puede haberse convertido en parte en un producto para turistas, no ha perdido sus profundos vínculos con la comunidad. Los retablos pequeñitos y medianos se venden en tiendas de artesanías de la ciudad; la película traza las conexiones entre el artesano y el comerciante, el pueblo apartado y la ciudad tumultuosa, así como presenta la economía de reciclaje -de cajones de fruta- con la que el artesano consigue la materia prima para sus cajas pintadas. Pero los proyectos más valiosos son los retablos gigantes encargados por una familia o una iglesia que se celebran con una fiesta y se integran a la vida del pueblo.

La película sabe replicar a nivel formal este motivo temático. Como han señalado agudamente algunos críticos, la cinta usa (para Ricardo Bedoya abusa) preferentemente encuadres enmarcados (a través de ventanas, puertas, pasillos, etc.) para replicar la estructura geométrica del retablo. La escena en la que el hijo descubre el secreto del padre -que develaremos enseguida- es una escena así enmarcada y distanciada por un vidrio. Y es poética, delirante y festiva la escena en que un retablo viviente (con personas inmóviles) cobra en efecto vida para dar paso a una procesión carnavalesca de infinitos danzantes, trajes y máscaras.

El secreto (spoilers here)

No es otro que la homosexualidad del padre. Es curiosa su condición de secreto, pues si bien la trama se cuida muy bien de revelar cualquier cosa hasta la mitad de la película, para que el espectador se sorprenda tanto como el protagonista, la estrategia de promoción del film -incluyendo su presentación en festivales- destaca el hecho de explorar la diversidad sexual en un mundo cerrado a tales prácticas, como el andino. De hecho, en ello está la clave de su éxito en festivales internacionales y del número de premios que ha cosechado: porque en una sociedad en donde la homosexualidad está normalizada y la familia gay instituida, causa sorpresa y simpatía la lucha por la tolerancia en lugares “atrasados”. El tema LGBT se presta para el desarrollo drámatico en Latinomérica (y su reconocimiento en la metrópoli, como en el Oscar para la chilena Una mujer fantástica), mientras que en Europa y EE.UU. ya casi no hay drama, porque no hay oposición. Un ejemplo de ello podría ser Call me by your name, supuestamente situada en una época anterior a la normalización, cuando el mundo aún no comprendía el amor gay, pero la única oposición que encuentran los protagonistas es la de sus propios titubeos y vacilaciones. Otro ejemplo intermedio puede ser la peruana-estadounidense -el director Carlos Ciurlizza se formó en EE.UU.- Sebastián (estrenada comercialmente en Lima hace un par de años) en donde la lucha contra el ambiente intolerante (Chiclayo en este caso) no es drama suficiente y se le agrega una complicación de infidelidad bisexual (el protagonista engaña a su esposo con una enamorada de su juventud).

En Retablo el asunto está estupendamente bien dramatizado, pues además del problema de la intolerancia, se agrega el de la filiación y el legado. La transmisión del oficio de retablista, el legado cultural es lo que se quiebra primero por el descubrimiento del secreto, que hace que Segundo (interesante nombre que refuerza la idea de filiación y herencia cultural) busque distanciarse de su padre Noé (nombre que remite a tiempos antiguos y un legado ancestral), al que había estado muy apegado; y luego por la intolerancia social, cuando el secreto se hace público y Noé es duramente golpeado por los vecinos (aquí podríamos recordar El pecado, del ayacuchano Palito Ortega, una penosa caracterización de una transexual que es golpeada con saña y sin piedad por su familia, vecinos, clientes, extraños o cualquier transeúnte de principio a fin de la película). Al final, Segundo se muestra más sereno que su madre, (quien no puede tolerar el secreto y destruye todo el trabajo del taller), y conserva el legado. Intenta animar a su padre a retomar el trabajo, instalarse en otro lugar, pero Noé no puede superar su propia tragedia y vergüenza y se mata. Su hijo lo entierra y le rinde tributo con un retablo pequeño que recoge la escena de ellos mismos en el aprendizaje del taller. Un final trágico, pero con un rayo de esperanza. En verdad parece que en el mundo andino la homosexualidad aún es un tema tabú y muy beneficiosas son películas como esta que pueden ayudar a abrir las ventanas y las puertas a los vientos actuales de tolerancia.

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