Asociación Cultural Retratos Abiertos

Entre Perú y Canadá: Norte y La bronca, por Javier de Taboada

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Por una extraña coincidencia, el año pasado se estrenaron, con solo un mes de diferencia, dos películas peruanas ambientadas en el extranjero; es más, ambientadas en el mismo país: Canadá. En ambas películas (casi) ni un solo fotograma muestra imágenes del Perú; sin embargo, también en ambas el Perú es lo que conforma a los personajes, moldea su carácter, tiñe su forma de hablar y su sentido del humor: el Perú está siempre al centro del conflicto. Norte, cuarta película de Fabrizio Aguilar (Paloma de papel, Tarata, Lima 13) se estrenó el 5 de setiembre y duró dos semanas en cartelera, para indignación del director, quien había decidido en este caso realizar la distribución de su propia película directamente con los exhibidores (no le fue muy bien, pero invertir en una distribuidora no garantiza para nada que le vaya mejor, como explica Mónica Delgado). La bronca, tercera película de los hermanos Vega (Octubre, El mudo) se estrenó el 17 de octubre y tampoco permaneció más tiempo en las pantallas. Pero este pobre destino no es compartido solamente por estas dos películas, sino por la mayoría de aquellas que se apartan del género comedia y que revisten algún interés más allá del entretenimiento inmediato y la ingestión masiva de popcorn. El problema de la exhibición del cine nacional es la lucha -y frustración- constante de los cineastas y no ha sido resuelto en absoluto por la nueva ley de cine.

Ambas películas, además, tienen como eje central la relación padre-hijo. En Norte, Alberto, un joven arqueólogo, regresa al país del que decidió irse años atrás -y en el que se quedó el resto de su familia- debido a una entrevista de trabajo en una universidad. Tres años después de la muerte de su madre -de quien no llegó a despedirse- debe confrontar a sus dos hermanos menores y especialmente a su padre, con quien se establece desde el comienzo una tensión dramática. En La bronca, Roberto es un adolescente quien, ante la situación crítica que vive el país (la película se ambienta en 1991) y debido también a sus dificultades escolares, es enviado con su padre, quien ha formado una nueva familia en Canadá.

Podríamos señalar incluso otros puntos de coincidencia, pero ambas películas presentan también una diferencia importante en el estilo de la narración. Basada en la obra de teatro “Newmarket”, de Jorge Castro, quien también escribió el guion de la película, Norte opta por un registro teatral en la elección de varios de sus recursos, desde el intertexto con Death of a salesman (el clásico de Arthur Miller que también aborda la relación padre-hijo), hasta los diálogos que van en crescendo dramático abordando los puntos de conflicto entre los personajes hasta llegar a la confrontación final. La bronca, en cambio, opta por soluciones que podríamos llamar cinematográficas, con tiempos muertos, planos más abiertos, diálogos más anodinos y naturales, irresolución de varios puntos que la trama prefiere dejar abiertos, y una tensión asolapada pero siempre presente y cuyo brutal estallido hacia el final puede quizás sorprender a algunos espectadores distraídos.

Muchas cosas interesantes se podrían señalar sobre los personajes y sus relaciones, sobre sus técnicas visuales y narrativas, pero en este caso quiero enfocarme en un solo punto. Si las películas hablan sobre el Perú, ¿cuál es el Perú que muestran desde el extranjero? Complementariamente, ¿Cómo es para ellos Canadá, el país en que ahora se encuentran?

El Perú que muestran no es el de ahora, sino el de inicios de los 90, es decir, el país en crisis económica y en guerra civil. El contexto de la violencia política no es tan claro en Norte, en donde la dinámica de los personajes obedece más a sus relaciones interpersonales que al contexto social en el que habitan. Hay sin embargo una referencia clara, cuando Alberto, intentando hacer un chiste, llama “zona liberada” al traspatio de la casa en donde fuma sus cigarrillos desafiando al frío, a veces con la compañía -y complicidad- de su cuñada Sophie. Al intentar explicar qué era una zona liberada en el Perú de los 80, Alberto se enreda con sus palabras y finalmente desiste, aceptando la denominación de Sophie, que prefiere llamarle, llanamemente, “smoking section”. Pero no necesita explicar nada porque el público al que está dirigido el film capta perfectamente la alusión. Con esta única referencia, aunada al oficio de Alberto, pues de desenterrar el pasado se trata, la película logra evocar eficientemente una época que los peruanos no hemos olvidado.

En La bronca, las alusiones a ese contexto son más numerosas. En la llamada telefónica de Roberto a su madre, de quien solo escuchamos su voz, aprendemos que la familia paga cupos a los subversivos. La madre considera afortunado a su hijo por haber escapado de tan agobiante contexto (“Qué bueno que te fuiste, hijo”). Además se muestra preocupada por la imagen negativa del país en el extranjero (“Y qué noticias llegarán allá, horribles seguro”). Sin embargo Roberto le replica: “Nadie sabe lo que pasa en el Perú, mamá. Acá la gente está en otra.”. Este diálogo es un gran acierto, pues refleja la distorsión entre lo que pensamos que es la imagen de nuestro país en el exterior -con un secreto y paradójico orgullo para los peruanos de los 80 y 90 por los niveles de caos y violencia que tendrían que haber suscitado la atención mundial- y la modesta realidad de un profundo desconocimiento, y más aún, desinterés, por nuestro país, como habrá comprobado cualquier peruano de esa época que haya pasado una temporada en los países “desarrollados”.  Pero la madre se equivoca cuando cree que solamente con estar fuera su hijo está a salvo de la violencia que oprime al país. Roberto ha aprendido a vivir alrededor de la violencia y la lleva por dentro, esa es la bronca a la que alude el título, esa sensación de malestar permanente, de molestia contra todo y todos, de ganas de estallar. Ya desde la secuencia de inicio, en la que vemos al personaje empeñado en usar su fuerza para sacar el cartel de un paradero que luego colocará en su cuarto, entendemos que se siente perturbado y con ganas de quebrar los límites de lo permitido. Su entrenamiento con la perilla de boxeo para “relajarse”, su brusca y desproporcionada reacción ante cualquier situación mínima de conflicto (la escena en casa de Michelle), nos llevarán hasta el estallido final, al que también alude el título de la película. Finalmente, la violencia política retorna en la última parte en forma de delirio, el delirio de Toño (el amigo peruano de su padre que vive en su casa) que enuncia en forma incoherente algunas de las prácticas terroríficas que se suscitaron durante la guerra interna.

Pero además de la violencia política, ambas películas también someten a juicio algunos aspectos de la idiosincracia nacional, particularmente limeña. En Norte, Alberto le dice a su hermano Gonzalo: “Tú te crees muy canadiense, pero eres más limeñito de lo que crees”. Esto después de que Gonzalo lo moleste como homosexual (“pussy”) por el hecho de saber cocinar. Y el espectador está tentado de darle la razón a Alberto. Después de 20 años en el país, Gonzalo no logra dominar el inglés, como se lo hace notar su hermano menor, Daniel, (el otro extremo, pues casi no habla español) y está condenado al subempleo de limpiar la nieve con su camioneta quitanieves (“Pobre chico, tiene un trabajo de mierda”, sentencia el padre). Sin haberse integrado a la sociedad canadiense, a pesar de haberse casado con una “gringa” de allá, Gonzalo mantiene incólumes varios de sus prejuicios de género y de raza, como el considerar una hazaña -si bien no excesivamente difícil- agarrarse una gringa, según le explica a su hermano en el restaurante mientras su esposa está en el baño.

En La bronca, el padre, que incluso ha cambiado su nombre de Roberto a Bob (posible alusión a “Alienación” de Ribeyro), parece plenamente integrado a la sociedad canadiense. Es el tipo de inmigrante que ha cortado toda amarra con su país y le resulta simplemente inimaginable la posibilidad de volver al Perú. Se ha casado con una canadiense -que por otra sorprendente coincidencia también se llama Sophie- y ha emprendido su propio negocio de venta de filtros de pantalla para computadoras. ¿Ha conseguido Bob Martínez el sueño americano (o en este caso, canadiense)? No del todo, pues pronto se empiezan a ver algunas resquebrajaduras. La casa en que viven pertenece al padre de Sophie, que les deja vivir en ella como un favor; todos sus ahorros están invertidos en el negocio y este no prospera; Sophie se encuentra sin trabajo. Pese a todo, el optimismo de Bob es incombustible, y este se fundamenta en buena medida en el convencimiento de estar en un lugar mejor que el que dejó atrás (“Acá es bacán, ya vas a ver”, le dice a su hijo). Su valoración del sistema canadiense parte de la igualdad de oportunidades y el funcionamiento de las normas (“Acá no es como en el Perú, que todo se arregla con plata”). Paradójicamente, esta conciencia lo lleva a la crueldad y la indolencia. Su temor a ser culpabilizado por un sistema que no permite la impunidad le quita la posibilidad de revertir su error y lo convierte en un criminal. La integración de Bob al sistema canadiense es solo para gozar de sus beneficios, ya que no está dispuesto a asumir las responsabilidades que acarrea ser parte de esa sociedad cuando se cometen errores. Como Gonzalo, quizás es más limeñito de lo que cree.

Una última observación sobre la representación de Canadá en ambas películas. Coinciden en el tipo de paisaje, pues en ambas se muestra el invierno, con abundante nieve, de innegable belleza visual. La nieve y el frío son también metáforas del ensimismamiento de los personajes en ambas películas. ¿Pero cómo es la ciudad? En Norte, se aprecia la ciudad de Toronto. Desde la secuencia inicial de la película que muestra imágenes de un recorrido en auto desde el aeropuerto hasta la casa del padre, captamos la dimensión y coordenadas de la ciudad. La Universidad de Toronto y sus edificios señoriales, la parada del tren, los barrios comerciales son otros espacios que aparecen brevemente pero que comunican la idea de que la familia vive integrada a la vida de la ciudad. En La bronca, en cambio, nunca llegamos a ver Montreal. La ciudad aparece por fragmentos inconexos y pocos travelling que permitan recorrer el espacio, pese a que la película fue filmada integramente con cámara en mano. Lo poco que llegamos a observar son casas, barrios residenciales de casas casi muertas o deshabitadas, pues nunca vemos a los vecinos realizando sus actividades cotidianas o protestando por el ruido o las acciones de los personajes. Canadá en esta película es un país congelado, en el que cada individuo permanece en su aislado en su reducto y no se genera un tejido social. La Canadá de Norte no es tan diferente, pues si bien se muestra un espacio articulado, las interacciones sociales son superficiales y los personajes también se encuentran aislados en última instancia.

Tal parece que, como dijo alguna vez Vargas Llosa, ser peruano es una suerte de fatalidad que nunca dejará de acecharnos, dondequiera que estemos. Y qué bueno que el cine peruano empiece a alimentarse de otros espacios, de otros registros y contextos para expresar esa condición inevitable. Porque para entender el Perú no es necesario mostrar la gastronomía o los bailes, sino mirarnos a nosotros mismos.

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